Comencé a practicar Mindfulness cada día 18 minutos tal y como me habían enseñado, el primer día pensé, hazlo tumbada , así bien cómoda… cuando llevaba 7 minutos notaba como mi cuerpo saltaba, me picaba la cara, las manos, tenia hormigueo en las piernas era como si la sangre me hirviera, dios mío no puedo más, ¡esto es incomodísimo!.
Mi cabeza se despega constantemente de la respiración y se iba a cualquier sitio menos a atender a la respiración, me cuesta mucho no rascarme o moverme y eso de volver una y otra vez y ser consciente de lo que surge es más difícil de lo que yo pensaba.
Mi cabeza empezó a negociar, Elena, déjalo ya, esto no es para ti, esto es una perdida de tiempo, te estas poniendo de muy mala leche, esto es insano por dios… Pero había una parte de mi que me decía, no abandones, sigue. No negocies con tu cabeza, simplemente hazlo, date permiso para todo esto tan molesto, se amable contigo, no abandones… supongo que las primeras semanas mi vena ya innata competitiva afloraba y era lo que me hacia seguir adelante, y no tirar la toalla. Tengo que decir que he sido competidora de elite, bailarina y Mindfulness me estaba pareciendo el entrenamiento más duro que jamás realice.
Pero no iba a abandonar, de eso nada, pues después de unas semanas empezaba a surgir el efecto mágico que en mi hizo Mindfulness, estaba tomando conciencia de millones de cositas que a mi alrededor surgían.
Detecté que cuando me paraba a meditar todos esos picores, hormigueos, ansiedad y demás era como yo y mi cuerpo estaban todo el día, pero claro era imposible darse cuenta, para reconocer esto tenia que parar.
Y empecé a parar y……¡entonces llegaron los milagros!.
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